April 2011
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Se sabe legendario y mágico
Nos mira siempre como a sus inferiores
desde las grandiosas tinieblas milenarias
de Keops o de Karnak, donde era venerado
e inmune a toda terrenal ofensa.
Uno puede admirarlo sobre un mueble mullido
o una consola
sorteando sin romperlos frascos de cristal
y otros endebles ornamentos y espejos,
avanzando entre ellos como un soplo
de seda y fuego.
O bien, podemos verlo sobre el borde pétreo
de un muro en el jardín,
ejecutando largos y estremecedores
conciertos de inmovilidad
con estatuarias dotes sobrenaturales.
Se puede uno topar con él en un estante
–a riesgo de un zarpazo–
confundido entre los bibelotes
de armiño o lana,
o acurrucado en la vitrina de un museo
junto al tranquilo cuerpo disecado
de un felino congénere o cómplice remoto.
En la casa, cuando se halla esculpido
en uno de esos trances de asombrosa quietud,
suele fijar en nosotros, como un dardo,
su gélida mirada
por un tiempo sólo registrable
con uno de esos artefactos fílmicos
de acción continua
aptos para observar el crecimiento
de una planta o una flor.
Sus fosfóricas pupilas
–eso suele decirse–,
son un túnel de luz hacia el infierno.
Uno siente al verlas de reojo
que si intentara sostener la vista sobre ellas
durante dos minutos temerarios
podría llevarlo a enloquecer de pronto,
sufrir algún masivo infarto
o derrumbarse, sangrando por los ojos,
al pie de alguna de esas domésticas deidades.
Eduardo Lizalde
(Ciudad de México, 1939)
¿Que si el programa varió?, preguntan los lectores. No, nada de eso. Las mismas audiciones musicales que con todo y su monotonía alegran a los viejos sin afectos y a los donceles enamorados; las mismas carreras que sobresaltan a los aficionados al sport cuando los caballos se aproximan a los graves jueces de llegada; el cinematográfico aplaudido por los almibarados jóvenes que, en espera del descocado menearse de las bailarinas del Tivoli, no hallan pesado batir palmas cuando las figuras que tiemblan nerviosamente se proyectan sobre el lienzo restirado; el tapete verde en que se juegan los afanes de muchos trabajos y los sudores de muchos meses; y las imprescindibles neverías en cuyas mesas circulares ostenta su diáfano contenido el espumoso vaso de cerveza, en tanto que nuestras beldades saborean pequeñas copas de nieve menos blancas que sus manos inmaculadas.
Por el tren vuelven a sus lares los ancianos esposos que aquí recordarían su inolvidable viaje de bodas; los derrochadores del dinero paterno en prodigalidades sin cuento y las hermosas fuereñas que por una quincena nos cautivaron con los encantos de su incógnita hermosura.
El 5 de mayo se conmemora el triunfo de Loreto y Guadalupe… Y la fiesta concluye. La fecha épica mata la alegría.
Ramón López Velarde (19 años), “Semanales”, en El Observador, Aguascalientes, 25 de mayo de 1907.
Ante la participación de Estados Unidos en la Primera Guerra Mundial, los emigrantes mexicanos trataron de evitar su reclutamiento en el ejército gringo regresando al país o demostrando que no eran estadounidenses. El gobierno mexicano se encargó de la búsqueda de cualquier documento que diera constancia del nacimiento en México, la cual se convertía en un verdadero martirio y las respuestas, en portadoras de tristes noticias.
Por ejemplo: el consulado de México en NY pide, por medio de telegrama, se le envíe el acta de nacimiento de Juan Ángel, que nació en Aguascalientes en julio de 1889 hijo de Ángel y Ramona Ornelas, quienes vivían en la 1ª de Democracia, 26. La respuesta del gobierno estatal fue esta:
Tengo el honor de manifestar a usted, en contestación a su atento mensaje de fecha 9 del actual, de que el acta de nacimiento de JUAN ÁNGEL no se encontró en la Oficina del Registro Civil de esta Capital, por lo que se procedió a pedir informes con los padres del interesado y para ello se ocurrió a la casa que indica en su mismo telegrama, sin encontrar en ella vivientes; pero por informes de un vecino cercano a dicha casa, tuvo noticias este Gobierno de que Narciso Ángel, padre de Juan, había muerto; y que la madre, Ramona Ornelas, hacía tiempos se ignoraba el lugar fijo de su residencia, pues a raíz de la muerte de su esposo se había marchado para el Norte, probablemente a ese país. También se supo, por el mismo vecino, que Juan Ángel había nacido en Teocaltiche, Jalisco.
Archivo Histórico del Estado de Aguascalientes, Secretaría General de Gobierno, Caja 53, Año 1918, No. 1, 9 de noviembre de 1918